El acantilado

Su mirada se perdió en el horizonte. No paraba de preguntarse que pasaría a partir de ahora. Estaba inquieta y asustada mientras sujetaba sus hombros en un consuelo. Ella sabía que tenía que seguír adelante por mucho que doliera.

«¿Tenía tanta importancia?» se prenguntó. Su mente no pudo recordar el momento exacto del cataclismo, pero sí recordaba el dolor.

Había pasado tanto tiempo que había olvidado el por qué del mismo. Sólo podía recordar los ataques verbales, lo tóxica que se volvieron sus lenguas. La mirada fría y el corazón muerto. Ese mismo corazón que anteriormente, latió con fuerza cada vez que se veían. El mundo es un lugar inhóspito, esta lleno de rencor, pensó.

Caminó unos pasos al borde del acantilado. La agradable brisa movía su pelo y el mar estaba en calma. Hubiera deseado ser así. Algo tan enorme que no pudieran dañar. Algo tan hermoso que recordar.

Suspiró alicaida por sus reflexiones al tiempo que se fijaba en la bahía. De pronto vio como se formaba en la lejanía lo que parecía un torbellino, muy cerca de los barcos pesqueros. La mujer se alteró pensando que debía dar voz de alarma pero al echar a correr vio que no podía. Algo la retenía y comenzó a sentirse frustrada. Cuanto más se acercaba la tormenta a los barcos ella más desesperada se ponía. Se sentía pesada. Gritaba pero nadie lo oía.

La tormenta pasó entre los botes y barcos arrasando con todo a su paso. La gente se quedó sin nada. Después el silencio.

El mar se llenó de tablones quebrados, plásticos y pedazos de vidas rotas. Ella impotente no pudo evitar sentirse mal.

Cuando se tranquilizó, pudo por fin comenzar a caminar. Bajó por la colina y se dirigió al Puerto. A su paso, los pueblerinos sollozaban de dolor.

La mujer ayudó a todos los que pudo a su paso. Aquellos con los que había convivido, con los que se había peleado y a los que había dejado de hablar. El aire traía las cenizas de sus recuerdos. Un aire caliente, turbio, pesado…

Planeando entre las corrientes, el vuelo de una gaviota la retornó al acantilado. Las últimas horas del atardecer la cegaron por un intante en el que comprendió que las tormentas, arrasaban con todo y causaban dolor, generando a su paso ira y destrucción.

Comprendió así, que incluso el ancho mar podía ser dañado, y la ligera brisa corrompida.

Nada es intocable y nada es eterno, salvo el rencor.

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